Primo de Rivera: Un periodista latente

Con la dictadura de Primo de Rivera se culmina la quiebra del Estado liberal y se inicia un largo período de crisis.

La relación de Miguel Primo de Rivera con la prensa fue de amor-odio. Dentro de él vivía un periodista que se moría de ganas por salir y demostrar de lo que era capaz. Creía que la prensa era el instrumento idóneo para cambiar y manejar a su antojo a la opinión pública española. El problema era que no siempre los diarios respondían de la manera que él quería. Esas situaciones le llevaban a tener enfados monumentales. No llegaba a entender como algunos periódicos ponían en duda su política o no rendían los honores suficientes a temas de gran relevancia. Primo de Rivera nunca aceptó las críticas.

Durante toda la dictadura disfrutará hablando con los periodistas y les facilitará una ingente cantidad de material, todo ello de obligada publicación. Un día tras otro las declaraciones del Jefe de Gobierno aparecían en todos los diarios, no dudando en numerosas ocasiones de castigar a aquellos que se saliesen del guión establecido por él. La censura se prolongará durante todo el régimen.

Para el dictador:

“Es obvia la gran importancia de la Prensa. Constituye ella la cómoda y amena tribuna constantemente abierta a la formación del juicio público. Cultos y brillantes escritores unas veces, otras audaces y apasionados jóvenes, infiltran en los entendimientos y corazones, ya la fe y la confianza, ya el desaliento y la inquietud (…) ¿Puede esto y sus gravísimas consecuencias consentirse sin una responsabilidad del Poder? (…) La prensa, pues, ha de ser, a mi juicio, constantemente vigilada y controlada por el Gobierno, sin por eso abandonar el camino de buscar su mayor perfección e irle concediendo la posible autonomía (…) La Prensa necesita un Estatuto para obligarla a ser buena, a hacer el bien (…) Un periódico malo hará más daño que un ciclón”.

Todas las publicaciones tenían que enviar a la Oficina de la Censura cinco ejemplares:

  1. Para hacer las modificaciones necesarias y reenviárselo a la cabecera correspondiente.
  2. Para que quedar constancia en la oficina de los cambios.
  3. Para el conocimiento y la fiscalización del presidente de todo lo que se tachaba.
  4. Para el conocimiento del gobernador.
  5. De reserva por si le pasaba algo al ejemplar del presidente.

El separatismo y el nacionalismo, las declaraciones de huelga y su desarrollo, el conflicto con Marruecos, y las críticas generales al régimen eran los temas que recibían las persecuciones más acusadas.

Primo de Rivera estaba obsesionado con la prensa. En muchas ocasiones se hace prácticamente imposible la recopilación de sus declaraciones y notas oficiosas. Tiene opiniones sobre todo, da igual de la materia que se trate: economía, sociología, derecho, estrategia militar, política exterior, etc. El periodista que hay dentro del jefe de gobierno le incita a aprovechar toda ocasión para lucir su arte. Para ello utilizará las notas oficiosas.

En las notas oficiosas de Miguel Primo de Rivera encontramos dos variedades, las notas presentadas tal cual que los medios tenían que reproducir coma por coma; y los diálogos, conversaciones escritas íntegramente por el dictador que se publicaban como auténticas. A veces, el dictador dictaba sus declaraciones a los periodistas presentes que debían tomar nota de todo para luego reproducirlas fielmente en sus diarios.

Las notas oficiosas que escribía eran revisadas por los jefes de la censura, que rellenaban los espacios que dejaba el dictador, por ejemplo, en una ocasión, relata Celedonio de la Iglesia, puso “rellenar con el dicho ese latino tan famoso”. Después el jefe del gobierno volvía a revisarlo para inmediatamente distribuirlos a la prensa. Muchas veces, Primo de Rivera, las redactaba sin consulta ni conocimiento de los ministros que se enteraba de ellas directamente por los diarios, sin tiempo ya de poner ningún reparo. Esto provocaba más de una contradicción.

Esta práctica se repetiría durante toda la Dictadura de manera abrumadora.

La primera nota oficiosa de Primo de Rivera tuvo lugar el 13 de septiembre de 1923:

“Españoles: Ha llegado para nosotros el momento, más temido que esperado (por que hubiéramos querido vivir siempre en la legalidad y que ella rigiera sin interrupción la vida española), de recoger las ansias, de atender al clamoroso requerimiento de cuantos amando la patria no ven para ella otra salvación que libertarla de los profesionales de la política (…) que amenazan España con un próximo fin trágico y deshonroso (…).

Pues bien; ahora vamos a recabar todas las responsabilidades y a gobernar nosotros u hombres civiles que representen nuestra moral y doctrina.

No tenemos que justificar nuestro acto, que el pueblo sano demanda e impone (…).

No venimos a llorar lástimas y vergüenzas, sino a ponerlas pronto y radical remedio, para lo que requerimos el concurso de todos los buenos ciudadanos. Para ello, y en virtud de la confianza y mandato que en mí han depositado, se constituirá en Madrid un Directorio inspector militar, con carácter provisional, encargado de mantener el orden público y asegurar el funcionamiento normal de los ministerios y organismos oficiales requiriendo al país que en breve plazo nos ofrezca hombres rectos, sabios, laboriosos y probos que puedan constituir Ministerio a nuestro amparo (…)”.

Al día siguiente se publicaría su primer dialogo. En el mismo, acaecido supuestamente en la madrugada del día 14, el dictador, trazará su programa de gobierno. Su primer objetivo es:

“disolver la cámaras y someterlas a un régimen de economía interno que ahorra un par de millones”

Sobre África afirmará que “no dirá una palabra” ni permitirá que de ello se escriba o se hable.

Los diálogos continuarán y el día 15 de septiembre comentará a un periodista que

“si el rey lo aprueba, será este una especie de Gobierno provisional, que actuará hasta que el país nos dé los hombres de capacidad moral y facultades que hagan falta. Y cuando los tengamos se constituirá el Gobierno definitivo, cesando, como es natural, de actuar el Directorio”. A la pregunta de que si él sería el presidente del gobierno, Primo de Rivera, contesta: “Si tengo la confianza de S. M. el Rey, si he hecho algo por el país y este lo considera así y los ministros que se designen lo consideran conveniente, entonces sí, presidiré el Gobierno que se forme, de lo contrario, será presidente el que los ministros designen. El Directorio – agregó – actuará diez, veinte o treinta días, o lo que haga falta”.

El mismo día, en el tren que le conduce a Madrid, el dictador no puede evitar hablar de nuevo con el mismo periodista:

“En efecto, Su Majestad, al hablarme por teléfono, me habló de formar Gobierno”.

El día 17 de septiembre Primo de Rivera convocará a todos los directores de los periódicos a los que les comunicó que se instauraba la censura

“porque los que formamos este Directorio somos, en realidad, unas criaturas recién nacidas, y, por lo tanto, necesitamos una defensa eficaz y vigorosa”.

Referente a su nombramiento como presidente del gobierno afirmará:

“es muy cierto que S.M. el Rey, por teléfono y estando yo en Barcelona, me ofreció la presidencia del Consejo de ministros, luego aquí, en Madrid, todavía no hace cuarenta y ocho horas, cediendo a mis insistentes ruegos, cambió ese honrosos cargo que me ofrecía por el que yo desempeño (…) Nosotros no somos ni queremos ser ministros (…) Vamos a ver lo que pueden hacer nueve hombres de buena voluntad en un plazo que puede ser unos noventa días trabajando intensamente nueve o diez horas diarias”.

No debemos olvidar que la dictadura se prolongó durante siete años. Como vemos las contradicciones en el régimen se dieron desde el primer momento.

Pero, Primo de Rivera no solo se encargaba manifestar sus opiniones sobre las cuestiones de estado, sino que  aprovechaba sus diálogos y notas oficiosas para intentar manipular a la opinión pública. ABC publica las siguientes líneas:

“El general Primo de Rivera manifestó que ha recibido un telegrama del Sr. Alba[1], en el que se dice este ex ministro que, en vista del actual estado de cosas, no piensa volver a España, añadiendo su creencia de que España quedará convertida en un segundo Méjico.

El general Primo le contestó diciendo: “me parece bien su profecía: pero, antes que nada, lo primero que ha debido hacer es devolver el automóvil oficial que está en su poder””

Santiago Alba no tenía en su posesión ningún coche oficial, y cabe la duda razonable de que ni siquiera hubiese escrito aquel telegrama.

Miguel Primo de Rivera, convencido de ser el salvador necesario de la patria, se esfuerza en sacar adelante un régimen con fuertes dosis de buena voluntad populista y ceguera política. Pero la solución dictatorial no resuelve en profundidad los arduos problemas y desequilibrios, por el contrario, después de una serie de éxitos iniciales, estos se agravan.

Durante 1928 y 1929 se agudiza desde distintos frentes la oposición al régimen primorriverista.

A principios de 1929 es evidente que el dictador no cuenta con el apoyo ni del rey ni del Ejército y que gran parte de los españoles no aprueban sus permanencia en el gobierno. Algunos mando militares avalan en enero de 1929 la conspiración, acabada en fracaso, del político conservador, José Sánchez Guerra. Durante este año aumenta la conflictividad y se observan las primeras consecuencias de la crisis económica mundial. Los políticos liberales conservadores aconsejan al rey para que deje de respaldar al dictador.

El 26 de enero de 1930 y sin consultar al rey, Primo de Rivera remite una circular a los capitanes generales recabando su apoyo. La falta de este, la desconfianza creciente de Alfonso XIII, que le hace saber que no es jefe de gobierno por nombramiento del Ejército, sino por real orden, unido al aumento generalizado de la oposición a su régimen, hace que Primo de Rivera presente su dimisión a Alfonso XIII el 29 de enero.

Como no podía ser de otra manera el dictador se despidió del pueblo a través de una nota oficiosa:

“…Y ahora a descansar un poco, lo indispensable para reponer la salud y equilibrar los medios: ¡dos mil trescientos veintiséis días seguidos de inquietud, de responsabilidad y de trabajo! Y luego, si Dios quiere, a volver a servir a España donde sea y como sea hasta morir”.

Bibliografía


[1] Santiago Alba era el Ministro de Estado del gobierno derrocado (presidido por García Prieto).

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