Diego Martínez Barrio y Unión Republicana: de radical a moderado

LA CREACIÓN DEL NUEVO PARTIDO

   Como hemos visto con anterioridad, Martínez Barrio se afilió desde muy joven al Partido Republicano Radical que Lerroux había fundado en 1908 tras escindirse de la Unión Republicana de Nicolás Salmerón. Desde sus inicios el partido de Lerroux se definió por su anticlerismo radical y violento. Fue uno de los firmantes del Pacto de San Sebastián (1930) del que se derivaron dos líneas de acción complementarias: la revolucionaria, que condujo al fracaso del pronunciamiento de Jaca (12 y 13 de diciembre de 1930), y la política, que gracias a una campaña de prensa y mítines, logrará arruinar el prestigio de la monarquía. El hecho más significativo fue la sustitución del comité revolucionario por un gobierno provisional, que otorgó a radicales y socialistas la representación correspondiente respecto a su peso.

   Esta acción política fue acompañada de un proceso de reorganización de los diferentes partidos republicanos. Se reunieron los delegados radicales, que hablaron sobre la creación de una junta nacional que auxiliase a Lerroux en la dirección del partido, pero esa institución nunca llegó a constituirse.

   El 14 de abril de 1931 se proclama en España la II República.  Martínez Barrio formará parte del gobierno provisional ocupando la cartera de Comunicaciones. El 3 de junio fueron convocadas las elecciones, que designarían representantes para una sola cámara. La campaña electoral movilizó a todas las organizaciones del partido. Al mismo tiempo, la Iglesia promovió la creación de una nueva organización política, de carácter confesional, la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA).

   Los resultados de las elecciones dieron una gran mayoría a los republicanos, que acumularon, a través de varias agrupaciones, más de 300 diputados, lo que significaba la mayoría absoluta.

Resultados de las elecciones generales de 1931

      El Partido Republicano Radical fue el segundo más votado consiguiendo 90 escaños. La formación de gobierno fue laboriosa y se logró mediante el engarce de hasta 9 minorías republicanas[1], a la que se sumó la socialista, y la total ausencia de elementos monárquicos. La división del republicanismo se manifestó rápidamente, a la hora de desarrollar un programa reformista.

   A pesar de sus reiteradas declaraciones de izquierdismo republicano, el Partido Radical se encontró situado, por la naturaleza de sus posiciones doctrinales, en la derecha del republicanismo, posición que, a medida que va pasando el tiempo, asumieron formalmente. El partido de Lerroux era seguido por la nueva opinión republicana, lo que le hizo plantearse una nueva organización. Tras las elecciones de junio se constituyó en junta nacional interina del partido y se nombró un comité ejecutivo, cuya presidencia y vicepresidencia ocuparon, respectivamente, Lerroux y Martínez Barrio. La Junta elaboró, en el mes de agosto, unas bases de organización, que establecía la creación de un censo del partido y la celebración de elecciones para renovar los comités locales y regionales.

   El liderazgo de Lerroux sobre el partido está a tal punto fuera de toda duda, que no vacilará en dimitir, con la seguridad anunciada de su reelección: “ya se que me proclamaréis de nuevo el  jefe[2]”.

   El nombramiento de Alcalá Zamora como Presidente de la República, en diciembre de 1932, había servido a Azaña para renovar su gabinete. La crisis tuvo como consecuencia inmediata la salida de los radicales del gobierno. Según el propio Azaña en sus memorias, Lerroux quería sustituirle en el poder y convocar nuevas elecciones[3]. Este hecho supondrá la ruptura entre Azaña y Lerroux. Los radicales se perfilan decididamente como partido oponente a la coalición de republicanos de izquierdas y socialistas. En la asamblea del partido recalcarán que son un partido de izquierdas “el partido ocupa el lugar de siempre dentro del izquierdismo que caracteriza a la República”, y se aprobará una enmienda contraria a la continuación de los socialistas en el poder. La ponencia de Martínez Barrio, que la asamblea aprobó de inmediato

   Diego Martínez Barrio es nombrado presidente del Consejo de Ministros en el 8 de octubre de 1933, y su actitud durante todo su mandato fue conciliadora e imparcial, una actitud que ya le estaba separando de Lerroux, más impulsivo y tendente a los intercambios de favores e inclinaciones personales.

   El 29 de octubre, Martínez Barrio permitió la creación de la Falange Española en el madrileño teatro de La Comedia. La Falange se convertiría tan solo un mes después, tras el asesinato del militante falangista José Ruiz de la Hermosa, en un auténtico grupo terrorista, financiado por Renovación Española y a través de la Embajada italiana[4].

   Martínez Barrio fue el encargado de organizar las nuevas elecciones. Decidió suspender la Ley de Defensa de la República durante el período electoral al estimar que el gobierno debía prescindir en aquel momento de las facultades coercitivas que aquella le otorgaba. La elecciones del 19 de noviembre de 1933 se celebraron bajo un limpieza total.

Resultados de las elecciones generales de 1933

   En esta ocasión la CEDA fue la gran beneficiada de las elecciones, si bien es cierto que no tenía mayoría absoluta. Gil Robles, líder de la CEDA, decidió acercarse a los radicales, que habían obtenido 102 escaños, y apoyó un gabinete presidido por Lerroux, con la condición de que respetará las principales demandas de la derecha. Martínez Barrio no compartía esa postura, aunque en un principio colaboraría con el nuevo gobierno.

   Antes de dar el relevo a Lerroux en el Consejo de Ministros, Martínez Barrio, tuvo que enfrentarse a los levantamientos de los anarquistas en diferentes zonas de España. La crisis fue resuelta pero el coste de vidas humanas fue muy alto.

   La prensa de la época, más de derechas, acoge favorablemente al gobierno de Alejandro Lerroux, esta es la opinión de El Debate[5]:

Quisiéramos que ese gobierno fuese estable, firme y duradero. Y creemos que puede serlo, no tanto por la solidez de su base parlamentaria, cuanto por el interés de todos en que dure. A prolongar decorosa y fecundamente su vida han de ayudar sin duda, la experiencia, el tacto y las dotes políticas del señor Lerroux.

   Las discrepancias entre Martínez Barrio y Lerroux cada vez eran más evidentes. En una entrevista publicada en Blanco y Negro el 4 de febrero de 1934, Martínez Barrio afirmaba:

Creo firmemente en una política de izquierdas dentro de la más pura democracia, con sometimiento absoluto a la ley impregnada de un sentido de justicia social, resolvería múltiples problemas que están ahora mismo planteados en España y lograría el ascenso de una norme masa de opinión. Lo que sucede es que la izquierda hasta a este momento se movió a impulsos de un criterio estrecho y sectario, con modos que la sensibilidad refinada del pueblo español no aguanta.

Aunque en esa misma entrevista afirmaría su fidelidad a Lerroux, claramente se ve un posicionamiento diferente.

   En mayo de 1934, el vicepresidente del partido, secundado por dos miembros del comité ejecutivo y una veintena de diputados, abandonará el Partido Radical Republicano, para construir una nueva agrupación que tomó el nombre de Partido Radical Demócrata. Toda la prensa de izquierdas aplaudiría la decisión de Martínez Barrio. Alejandro Lerroux manifestó en múltiples ocasiones lo profundamente afectado que se sintió por la marcha del político sevillano, pero al mismo tiempo criticó la política de su ex compañero.

   El diario Voz  relató el hecho de la siguiente manera[6]:

 El partido radical tenía un programa. Un programa avanzado. Un programa semejante al del partido radical francés. Laicismo. Supremacía del poder civil. Autonomías Regionales. Reformas sociales, sobre todo en lo relativo a la propiedad de la tierra. Con ese programa actuó en la oposición (…)

Pero diose al venir la República un fenómeno curiosísimo. Existía una derecha republicana con hombres como el señor Alcalá Zamora y don Miguel Maura. Y se creyó las masas conservadoras del país, convencidas de que la monarquía se había ido para siempre, se incorporarían a ella para defender de ese modo, dentro de la nueva legalidad, sus intereses vitales. Pero, con gran sorpresa de todos los arúspices políticos, no sucedió así, sin embargo, una parte de esas masas conservadoras se mantuvo al margen del nuevo régimen. (…) Y otra irrumpió desenfadadamente en el partido radical y arrolló a la vieja guardia…

Y como es lógico, el radicalismo, bajo el aluvión de catecúmenos, tranformóse profundamente. No cambió de programa, pero consideróse expresión política de los elementos que aceptaban la República, no como una rectificación de los vicios de la Monarquía, sino como una continuación del estado social y moral en ella simbolizado y por ella defendido hasta morir. Innumerables caciques ofrecieron sus buenos y leales servicios a los jefes provinciales del radicalismo con la expresa condición de que, en justa reprocidad, se les seguiría dando carta blanca. Y es lo triste y doloroso que esos buenos y leales servicios fueron aceptados con júbilo y gratitud. Desde aquel momento el partido radical dejaba de ser un instrumento de renovación republicana para convertirse, tal vez sin que se dieran cuenta de ello muchos de sus viejos correligionarios, en un aliado de quienes suspiraban por la vuelta a lo antiguo.

Dirán los que se quedan, seguramente, que el programa sigue intacto. Y es posible que teóricamente no les falte razón. Pero hoy no se trata de eso. Se trata de saber si la República va a ser entregada a sus más encarnizados adversarios, si España será o no un segundo Portugal o una segunda Austria. Porque así, y no de otro modo, se plantea el problema. El señor Lerroux, y con él la inmensa mayoría de los que aún sin empacho se denominan radicales, no ve inconveniente en ello, sino que se brinda a facilitar la operación en el Parlamento y en otros lugares.

Don Diego Martínez Barrio y sus amigos, que no son muchos hoy, pero irán aumentando con rapidez sorprendente, consideran que eso que pretende hacer don Alejandro Lerroux no puede hacerlo ningún republicano. Y se van del radicalismo.

Nosotros les aplaudimos. Hicieron el gesto digno que les correspondía. Quizá muy tarde. Pero más vale tarde que nunca.

En cuanto a los que se quedan, allá se las entienda con su conciencia y su responsabilidad.

   El diario Sol publicará, el día 16 de mayo,  unas declaraciones de una persona que dice ser muy cercana a Martínez Barrio pero no indicará su identidad:

…Conviene no olvidar que la situación política del señor Lerroux está situada en distinto plano a la del señor Martínez Barrio. El señor Lerroux cree honrada y lentamente que en la cumbre de su vida política, y haciendo un verdadero sacrificio, consiste su deber actual en incorporar a la República todos aquellos elementos que representan una positiva fuerza dentro del país y que durante estos dos años y medios se han visto hostigados y perseguidos. La incorporación de tales fuerzas, es sin duda, un gran servicio al régimen, y el señor Lerroux lo ha realizado en parte y trata de completar su obra con absoluta buena fe.

Pero don Diego Martínez Barrio, que reconoce la conveniencia de esa posición del señor Lerroux, no puede espiritualmente dejarse arrastrar en ese camino, porque en su ánimo existen sin duda escrúpulos y temores y es lógico que se sienta a sus años (…)

Para explicar la separación del Partido Radical, Diego Martínez Barrio dará una conferencia en el teatro Victoria de Madrid el 17 de junio de 1934 que tituló “Génesis y posición del Partido Radical Demócrata” en el cual explicaba que[7]:

Mis diferencias con el Partido Radical tuvieron una iniciación dolorosa, al comienzo del mes de diciembre de 1933 y se fueron agudizando en los meses de este año. No respondió a una pugna electoral. (…) Las diferencias surgieron en cuanto a la táctica que el partido debía seguir desde el poder. Yo acentué públicamente la necesidad de que nuestro partido realizara un política propia en consonancia con los postulados de su doctrina, con la trayectoria de su vida, con las esperanzas que había despertado en la opinión republicana y en la misma del país. (…)

La pugna entre el ilustre jefe del Partido Radical, señor Lerroux, y yo venía de esos confirmados temores; él, con la generosa visión de incorporar a la legalidad republicana a fuerzas sociales que hasta entonces le habían sido adversas, estaba dispuesto a las mayores concesiones; yo, con la experiencia de otros intentos análogos, reiteradamente fracasados, resuelto a no desviar la línea que había aprobado el cuerpo electoral sobre la base del respeto a la Constitución.

Martínez Barrio le confesará a Manuel Azaña[8]:

He estado treinta años con Lerroux, pero en el Partido Radical ya no se podía estar… Me dirán que he aguardado demasiado tiempo. Sí, sí ¡Había tantos afectos!… Lerroux quería deshonrarme, quería comprometerme en alguna operación política deshonrosa, como fue después la represión de Asturias. Por eso me fui…

   El nuevo partido buscará en la izquierda republicana los apoyos necesarios para crear de entidad numérica suficiente. Este acercamiento desembocó en la creación de Unión Republicana.


[1] “Tras la doctrina, la conducta”, El Debate, 17 de diciembre de 1933.

[2] “La escisión del Partido Radical”, Voz, 17 de mayo de 1934.

[3] MARTÍNEZ BARRIO, Diego, Memorias. La Segunda República española vista por uno de sus principales protagonistas, Planeta, 1983, pp. 223-228.

[4]AZAÑA. Manuel, Memorias políticas y de guerra. Tomo IV (Cuadernos de la Pobleta 1937), Afrodisio Aguado, 1981

[5] ARTOLA, Miguel, Partidos y Programas Políticos, 1808-1936. Tomo I: Los partidos políticos, Aguilar, 1975, p. 601.

[6] Ídem p. 630.

[7] AZAÑA, Manuel, Memorias políticas y de guerra. Tomo I (1931-1933), Crítica, 1978.

[8] FERNÁNDEZ ALONSO, María Isabel, Martínez Barrio: del radicalismo a la moderación. Análisis de su labor en tres momentos importantes de la Segunda República, en Historia y Comunicación Social, Universidad Complutense de Madrid, 1993, p. 17.

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